Si no leo me Aburro
LIBROS: IMPRESOS Vs. DIGITALES
Todo libro es un libro de aventuras. Se trate de un ensayo, de un conjunto de poemas, de una novela policíaca, de un cuento de hadas. El reconocido escritor, Jorge Esquinca le da una categoría sublime al ejercicio de la lectura, al que junto a Michel Tournier considera un milagro, y le devuelve al lector su lugar justo: él es el otro autor sin el que el libro no existe verdaderamente. El elogio de la lectura es un acto de gratitud. Todo escritor ha sido un buen lector. La lectura es un viaje y los libros su medio de transporte. El lector que toma un libro en sus manos, lo hojea, mira sus dibujos, escucha sus palabras, inicia una travesía más larga o más corta, pero siempre en otra dimensión del tiempo y del espacio. La acción de leer pide el abandono del viajero que no tiene nada previsto y que se dejará sorprender por el paisaje, los hechos, los personajes que encuentre en el camino, o las nuevas ideas que puedan sorprenderlo. Acto de renuncia al control de las propias emociones, acto de liberación de las restricciones impuestas por la realidad, acto de creación de un mundo paralelo en el que podemos perdernos, sueño del que podemos salir, basta cerrar sus páginas a la vigilia pero siempre transformados, siempre enriquecido el mundo interno con las nuevas voces que lo pueblan. Por eso el ejercicio de la lectura es un ejercicio de independencia y autonomía con el que uno queda “contaminado” por el resto de la vida. Hay libros trasatlánticos, uno aborda las escalerillas y se despide del puerto cotidiano con un pañuelo, esperando historias espectaculares. Otros libros son trenes, avanzamos lentamente por los rieles de su prosa o nos dejamos mecer por el ritmo acompasado de sus versos, por sus ventanas vamos viendo aparecer imágenes soñadoras. Otros se transitan en canoa, ante nosotros se abre un lago prístino y quieto, apenas herido por unas cuantas líneas. Habremos de surcar ese espacio con sigilo, con el cuidado del remero que quiere respetar el descanso de los habitantes de sus islas. El libro no es solamente escritura, no es solamente fragmentos de tierra firme, es también el agua que los baña y los circunda y los hace emerger; la blancura de la página, las pausas son parte de la escritura, son escritura, forma y no solo fondo. Vacío que significa, silencio que dice, diástole y sístole en la palpitación del texto. Ya lo decía Octavio Paz: Somos tiempo. La magia de la lectura consiste en que no sólo los ojos, no sólo las manos, el cuerpo entero palpa el tiempo, se sumerge en sus ríos, los siente pasar y detenerse. Toda lectura está llena de tiempo, desde sus reflexiones hasta la composición misma de su arquitectura, es un homenaje al devenir, pero que paradójicamente, ha quedado eternizado en un objeto. La flama de una vela después que esta se ha apagado; la voz del que ha callado; el sueño del despierto; la infancia del que ya creció, cobran su intensidad, su brillo, su sonido cuando alguien en un sillón mullido de su casa, conjura a los fantasmas humanos con un acto simple; abre las páginas, enfoca la mirada. Se ha cumplido el milagro: es la lectura. Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados.
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